Dunkerque; la odisea franco-británica

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Al igual que Odiseo pasó por muchas dificultades para regresar a su natal Ithaca, después de la destrucción de Troya, el ejército aliado sufrió la misma situación tras haber sido acorralado por las fuerzas nazis que amenazaban con exterminarlas en Dunkerque. Diez meses después de que el Tercer Reich iniciara la Segunda Guerra Mundial con la ocupación de Polonia el primero de septiembre de 1939, sus tropas parecían devastadoras y con un empuje que nadie parecía detenerlas. De hecho ni Gran Bretaña ni Francia creían en el poderío militar de una Alemania que pudiera levantarse con una fuerza inusitada, tras veinte años de permanecer sojuzgada a las duras exigencias del Tratado de Versalles.

Cuando Londres y París declararon la guerra a Berlín, no creyeron que la acción pasaría a mayores y hasta pensaron que Hitler recapacitaría abriendo una negociación para acabar con las fricciones que agobiaban a la Europa de los cuarentas. Los franceses pensaban que se trataba más de una actitud parecida a una broma, al grado que le denominaron la drôle de guerre, una frase que precisamente significa guerra de broma. Gran Bretaña y Francia debían ser los primeros países que reaccionaron a la invasión nazi de Polonia, pues estaban a cargo de la defensa de éste en caso de una agresión externa. Sin embargo, ambos brillaron por su ausencia.

Blitzkrieg o el avance relámpago

Tal vez por una estrategia que le permitió encubrir sus intereses expansionistas o sencillamente porque el lado franco-británico confiaba demasiado en las sanciones impuestas a Alemania tras su derrota en 1918, Hitler pudo avanzar de manera imprevisible. Por una parte, tanto los gobiernos de París como de Londres descartaron un ataque directo de las fuerzas alemanas, porque éstas parecían estar más enfocadas en abrir un frente oriental.

Por supuesto que ambas potencias tampoco parecían ver con malos ojos el hecho de que Alemania estuviera lejos de sus zonas de influencia y luchando contra un enemigo común: el comunismo soviético. Fue hasta que las tropas germanas cambiaron su trayectoria y se dirigieron directamente a apoderarse de Holanda, Bélgica y Luxemburgo cuando Londres y, sobre todo, París, empezaron a preocuparse de una amenaza en sus propias narices. Hasta entonces se dieron cuenta que estaban en medio de una nueva guerra propiciada por Alemania. ¡Pero comenzaron a preocuparse muy tarde!

Comienza el cerco alemán

Para el 10 de mayo de 1940, las tropas nazis ya estaban muy avanzadas tierra adentro. Francia intentó detenerlas en territorio holandés, pero fue imposible. Ni siquiera lo lograron enviando a tres divisiones blindadas, dos regimientos y a la Fuerza Expedicionaria Británica (BEF) para hacerles frente en el río Dyle. Los alemanes se abrieron paso fácilmente y se adentraron en los bosques de las Ardenas. De ahí comenzaron a cerrar una pinza magistral hacia el Canal de la Mancha, englobando tanto a las fuerzas francesas como británicas en una operación que el mariscal de campo Erich von Manstein denominó “Corte de hoz”, porque las fuerzas aliadas habían quedado arrinconadas (sólo había que cegarlas como se hace con el trigo). Tras haber llegado a la costa atlántica, los nazis se extendieron por todos los puertos hasta atrapar a las fuerzas franco-británicas, sin darles la menor oportunidad de ser evacuadas a Inglaterra.

¿Perdón, tregua o insensatez nazi?

Aquí es dónde nos encontramos con un periodo de la guerra muy interesante, en el sentido en que los alemanes bien hubieran podido acabar con una fuerza de casi 400 mil efectivos acorralados, pero el alto mando nazi detuvo el ataque final; dando al menos tres días de oportunidad a los aliados para ser evacuados. Es así como inició la Operación Dínamo, también conocida como Batalla de Dunkerque que, más bien era una movilización naval para tratar de embarcar al mayor número de soldados lo más pronto posible a fin de salvarlos de morir bajo la metralla alemana.

La estrategia vacilante

El 24 de mayo, el mariscal de campo Gerd von Runstedt propuso al Fuhrer lanzar a la infantería para acabar con las tropas asediadas, pero Hitler prefirió dejar esa misión a Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe. Este fue otro error de la estrategia germana, pues los pilotos alemanes ya estaban prácticamente exhaustos tras atender más de dos semanas de operaciones intensas. Göring y menos de la mitad de la infantería alemana fueron los encargados de atacar a las fuerzas británicas, en una maniobra que la historia aún no sabe si definir como una complacencia de Hitler al primer ministro inglés Winston Churchill para lograr algún favor político o una alianza momentánea. Para Von Rundstedt esto no fue otra cosa que “uno de los más grandes puntos de ruptura de la guerra”.

Por otra parte, Erwin Rommel y sus destacamentos blindados habían conseguido rodear a cinco divisiones del Primer Ejército Francés cerca de Lille. Sin embargo, estos últimos se defendieron como tigres acorralados bajo el mando del general Molinié, esto permitió que los nazis entrarán en una fuerte batalla que distrajo a siete de sus divisiones de lanzarse contra la costa de Dunkerque, dando tiempo a más de cien mil soldados aliados de salvar el pellejo.

¿Una alianza nazi-británica?

La intención de Hitler era lograr un acuerdo con Gran Bretaña que permitiera a Berlín contar con una retaguardia segura para iniciar una ofensiva contra la Unión Soviética y acabar con su movimiento bolchevique. Algunos especialistas en inteligencia militar como el historiador Paul Johnson creen que Hitler debió haber hecho su exigencia directamente a Churchill en este punto para presionarlo a aceptar una negociación teniendo en sus manos una inminente masacre de sus huestes en el puerto francés, lo cual no hizo. En su libro: Tiempos modernos, Johnson lo relata de esta manera: (Hitler) continuó aferrándose a la ilusión de que Gran Bretaña podría aceptar un compromiso hasta fines de otoño. “Es evidente que el Fuhrer está deprimido”, señaló un observador el 4 de noviembre. “Parece que en este momento no sabe cómo debe continuar la guerra”. Esperaba una señal de Londres que nunca llegó”.  

Para la tarde del 25 de mayo, el Fuhrer revocó la orden de alto al fuego. Fueron sólo tres días, pero significaron un gran respiro para la marina británica pues pudo organizar la evacuación de los contingentes aliados. En tan sólo once días, más de 338,000 hombres fueron salvados. De estos, 215,000 eran británicos y 123,000 franceses. Se dice que 102,250 soldados galos escaparon de la zona a bordo de barcos británicos.​

Pese a las difíciles circunstancias que rodearon a la batalla de Dunkerque, se estima que más de 330,000 soldados aliados fueron rescatados. La operación se realizó no sólo con barcos de guerra sino con todo tipo de naves que estuvieran dispuestas a ayudar, desde yates hasta buques pesqueros, de carga y de recreación. Se habla incluso de que muchas de estas embarcaciones provinieron desde lugares tan remotos como la Isla de Man y Glasgow. Una de las ventajas que tuvieron estos pequeños barcos fue que no eran tan pesados y podían acercarse más a la costa para poder embarcar de manera más segura que los pesados destructores, los cuales requerían atracar a profundidades más peligrosas para los soldados.

Diseño de portada: Héctor Yong.

 

 

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