El Club Bilderberg y el control de las mentes, según Daniel Estulin

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La tendencia mundialista se agudizó tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces, los integrantes del Club Bilderberg buscaron acelerar la creación de un Estado único mundial que les permitiera el control de las personas a través de un sistema de coacción que ellas mismas permitirían y además… ¡con gran gusto! Este fue, en realidad, el nacimiento de los medios de comunicación masivos y de las teorías de la filosofía de la comunicación, dirigidas a cambiar el conjunto de creencias y valores que gobiernan a la sociedad.

Para generarlo, necesitaban un instrumento que pudiera unificar a las civilizaciones, a los pueblos, a las sociedades; una vez que estas se encuentran apiladas en una forma unitaria, los procesos para manipular y dirigirla hacia un objetivo en especial, no resultarían tan fácil sin la existencia de un modelo de cultura que aporte una misma identidad a esa gran masa humana.

En su libro titulado “Los secretos del Club Bilderberg”, el revisionista Daniel Estulin, asegura que para lograrlo, los integrantes de este oscurantista grupo no dudaron en explotar recursos como la radio y la televisión y, sobre todo, contenidos audiovisuales en programas, series, noticieros y canciones que captarían la atención enfermiza de las personas; en suma, se trata del lavado de cerebro más exitoso en la historia.

Estulin no duda en señalar elementos que han sido formativos de nuestras propias vidas, tales como los contenidos radiofónicos y televisivos, con los que identificamos nuestras propias experiencias personales como los primeros aprendizajes en la escuela, las travesuras con los amigos, las relaciones familiares y hasta el primer amor de nuestra infancia; todo provino de la televisión, la invención magna del control mental.

“No debería sorprendernos que durante los últimos cuarenta años el principal medio de lavado de cerebro haya sido una tecnología de imágenes en movimiento y grabación de sonido (televisión, películas, música grabada) capaz de cambiar nuestro propio concepto de verdad”, señala Estulin. Citando un libro titulado Propaganda (al cual considera como una descarada apología de un Gobierno mundial único) de 1928, publicado por Edward Bernays, quien por cierto era sobrino de Sigmund Freud, destaca que “conforme la necesidad de un gobierno invisible se hace más patente, se han inventado y desarrollado medios capaces de reglamentar la opinión pública”.

Para el analista lituano, la creación de un ciudadano mundialista supone inculcarle un ideal inalcanzable, tanto que debilite su perfil moral y su conciencia de sociedad, a fin de que estos dos factores queden hundidos en algo que los freudianos llamaban el Superego; esto se traduce en que el individuo jamás pueda ser capaz de pensar de manera personal y que se reprima a sí mismo, en favor de autocrearse un pensamiento cada vez más universal y unificado.

El Club Bilderberg, junto con el Instituto Tavistock, con sede en Sussex, Reino Unido (creado por ellos para convertirse en el principal centro de control mental) se focalizaron en hacer de Estados Unidos el principal bastión del control universal, esto lo harían a través del Consejo de Relaciones Exteriores norteamericano (CFR, por sus siglas en inglés) que también operaba abiertamente en favor de la tendencia bilderberg. Para Estulín resulta claro que, tanto éste como el Instituto Tavistock, han sido los responsables de crear los contenidos lúdicos con los que buscarían penetrar a la población y extender al orbe el concepto del Gobierno único mundial.

“Para conseguir ese objetivo, la élite de Bilderberg y sus científicos sociales del Instituto Tavistock, se dieron cuenta de que necesitaban centrarse en las percepciones de la generación joven para provocar un cambio general de paradigma que abarcase a varias generaciones o, lo que es lo mismo, para cambiar el conjunto de creencias y valores que gobiernan la sociedad”, afirmó. «El espectador, pues, resultó ser una víctima inconsciente del lavado de cerebro», puntualizó.

La obra de Estulin menciona que Eric Trist, precisamente uno de los fundadores del Instituto Tavistock y agente que operó en Estados Unidos hasta 1993, así como Frederick Emery, científico social que desarrolló las estructuras participativas de trabajo como equipos que se autogestionan, presentaron a finales de la década de 1970 un informe sobre los efectos que veinte años de televisión habían tenido en la sociedad norteamericana. Ellos aseguraron que “el proceso de ver televisión era en sí mismo un mecanismo de lavado de cerebro en el que fuera cual fuese el contenido, el visionado televisivo desactiva los poderes cognitivos de la mente y logra un efecto similar al de un narcótico en el sistema nervioso central”.

De esta manera, el televidente habitual se convierte en un sujeto sugestionable y manipulable al estilo de los zombis que tanto han presentado en programas actuales. Lo curioso de todo es que los mismos individuos sometidos al proceso no sólo aceptarían los cambios que se les estarían sembrando en la mente, sino que negarían histéricamente que les estuviese pasando algo o que estuvieran siendo víctimas de manipulaciones.

Sólo para que lo sepan, Estulín denunció que el grupo Bilderberg al consolidar su poderío en la radio, primeramente, y la televisión después, tomaron control de contenidos audiovisuales para manipular la mente con cantantes como Frank Sinatra y bandas como los Beatles y Rolling Stones (ya abordaremos estos puntos en la continuación de la presente reseña), que fueron creados con el único fin de entrar en el gusto de las familias norteamericanas para concretar su influencia sicológica. Este oscuro club no se detuvo ahí, sino que extendió su dominio a Hollywood y la creación de películas como Armageddon, donde se evidencia claramente el mensaje unificador de la humanidad que requieren para fortalecer sus intereses y visión globalizantes con la cual han estado dirigiendo el futuro del mundo desde hace más de medio siglo.

Daniel Estulin. Los secretos del Club Bilderberg, Editorial Planeta. Barcelona, España. Primera edición, 301 pp. 2006..
Foto portada: Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

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