La última cruzada

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Ante los quinientos años de la ocupación y despojo de América, conocida eufemísticamente como la “Conquista” (pues debió llamarse “Invasión”), se suscitan diversos comentarios sobre sus protagonistas dentro los que naturalmente destaca la figura de Hernán Cortés, dados los asombrosos resultados de su empresa.

No obstante, existen opiniones encontradas sobre su hazaña histórica, como la de Enrique Krauze, quien considera que el olvido y la marginación del capitán español del panteón heroico nacional, no se encuentra fundada en un verdadero juicio histórico, por lo que, según dice, ha llegado “la hora de los historiadores no de los políticos” (El País 19.06.22).

Para reforzar su supuesta cita a prestigiados historiadores del siglo XIX, cuyas obras clásicas aportan elementos procedentes de sus homólogos de siglos anteriores. Estas solamente reproducen el relato oficial formulado tras la Conquista durante la llamada “conquista espiritual” y se apoyan en la supuesta “profecía de Quetzalcóatl”, según la cual, la población originaria ya se hallaba preparada para su sojuzgamiento.

Lo cierto es que no existe una versión indígena de aquellos sucesos, algo que pudiéramos comparar con las innumerables crónicas árabes de las cruzadas y que nos pudiera ayudar a confrontar datos, fechas, interpretaciones: elementos para formular un juicio justo; un juicio verdaderamente histórico.

La inquietud de Krauze, desproporcionada, llega además con retraso: tres meses antes, historiadores de México y España se reunieron en Badajoz, Extremadura, para realizar “Una Terapia de Grupo” sobre el Conquistador de México, describiendo cada uno de los más famosos estudiosos del mundo a un Cortés diferente.

El resultado fue de una personalidad poliédrica de claroscuros, pero salvando siempre sus aportaciones en favor de los avances civilizatorios y dejando al margen la barbarie y la violencia con la que asumió el poder de los nuevos reinos.

Para el empresario de Letras Libres, la gran aportación de los conquistadores fue la fusión del mestizaje con los indígenas creando un nuevo cuerpo poblacional. Estima, asimismo, que la exaltación de versión indígena mestiza ha llegado a los extremos de levantar una estatua a Cuauhtémoc, así como de deformar hasta el ridículo en la pintura mural revolucionara, la imagen de Cortés.

En fin, la inconformidad es que Cortés sufre la injusta incomprensión del pueblo mexicano, al cual benefició, sin que éste sea capaz de agradecérselo mediante la erección de estatuas, espacios públicos, escuelas, calles o pueblos con su nombre.

La acusación omite que el nombre del mejor soldado del Reino de Castilla lleva su nombre en el tercer Golfo de América, el Golfo de Cortes, con 1.1 mil kilómetros de longitud, el estuario de biodiversidad donde ovan las ballenas blancas. Tampoco es suficiente, para Krause, que la toponimia de la conquista preserve su nombre en el Paso de Cortes, y otros elementos arquitectónicos y urbanísticos en Coyoacán y Cuernavaca así como en Oaxaca.

Aunque la razón de Krauze sea admitida sin conceder, debe añadirse el juicio propio del monarca español, quien en su momento sin dejar de reconocer la obra de dominio y extensión de ambos hemisferios, por otra parte frenó la continuidad del poder a los conquistadores, fincándole a Cortés un Juicio de Residencia (admirablemente antologado por José Luis Martínez, FCE, 1991), proceso judicial que no fue cerrado, quedando en la incertidumbre su situación administrativa, penal y política, así como en entredicho su lealtad al rey.

Cortés sufrió, así, una derrota moral indudable a manos del Rey, y murió en la desolación y la decepción, solicitando que sus restos se conservaran en el Altiplano mexicano, siendo resguardados en el Hospital de Jesús de la Ciudad de México.

Antes de que el pueblo de México le reclame el crimen de Cuauhtémoc, su cautivo, quien nunca se rindió ante su prepotencia (sino que con majestad pidió la muerte antes de perder su dignidad y la de su pueblo) es necesario que dicha dignidad sea reivindicada, recordando que Cuauhtémoc, el Joven Abuelo, fue el primer desaparecido y torturado de nuestra historia política: crimen de Estado que no merece el olvido en una Nación que hoy rompe récords mundiales de barbarie.

Una barbarie fundada y legitimada desde el Sacro Imperio de Carlos I, gran ganador de la que acaso pudiéramos denominar como “la última de las Cruzadas”, la que abriría cauce al Mercantilismo de las monarquías autoritarias de Europa.

Existe un vínculo más vivo de lo que se cree entre aquella barbarie semifeudal y los genocidios de los hornos crematorios del siglo XX, mismos que ya han sido reconocidos y perdonados por tratarse de víctimas europeas, mientras los genocidios indígenas siguen ignorados.

Por eso resulta oportuna la pregunta: ¿Europa respeta los valores humanos de la vida y la libertad para todos los habitantes del planeta, o nada más para sus ciudadanos?

Foto: La batalla de otumba, 1520, Oleo anónimo.

Tomada de https://www.nationalgeographic.com.es

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