Las ocho horas más sangrientas del trabajador

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El trabajo es una energía aplicada a un propósito determinado. La física lo describe así fríamente, dejando a un lado la parte viviente de quien la realiza: el trabajador. Esa fuerza bruta es homenajeada el primero de mayo como una fecha en que la conciencia humana asume el razonamiento de que toda persona sometida un trabajo en especial, registra un cansancio; una fatiga por la inversión de esfuerzo.

Sin la fuerza bruta, no existirían las construcciones más bellas en la historia de la humanidad, pues fueron creadas por gente considerada como sirvientes, ayudantes, asistentes, colaboradores y, por supuesto, esclavos que, además eran mercancías de sus dueños.

El mundo humano ha recurrido a distintas formas de trabajo, la fuerza animal, la de la naturaleza y, por supuesto, la más explotada: la humana  Si bien la física describe acertadamente al trabajo como una forma de energía en la que se aplica para lograr una acción o alteración de la materia, sin embargo, no dice cómo se recupera esa fuerza para que el círculo de la productividad se genere ad infinitum.

Es aquí donde entra la lucha social, esa que ha costado miles de vidas, menoscabo y sacrificios en la clase trabajadora. No se necesita ser físico para saber que la reposición al desgaste laboral requiere de alimentación, descanso y previsión médica. Pero no fue fácil que los patrones tomaran conciencia de estos simple y lógicos factores ergonómicos, tuvieron que ser presionados a tal grado que reaccionaron de manera violenta al paro colectivo y a la reivindicación a través de un movimiento de huelga conocido como «los mártires de Chicago».

La evocación

Es primero de mayo de 1880, agrupaciones sindicales se unieron en un paro para exigir una jornada laboral de ocho horas, en momentos en que sus agremiados trabajaban de 12 a 14 horas, bajo la indiferencia patronal, más preocupado porque la distribución comercial garantizara la acumulación de ganancias. Chicago fue el epicentro de esta manifestación.

Pese al temor que infundían los esquiroles y las guardias policiales, cientos de agremiados llevaron a cabo la huelga más famosa en la historia del hombre. Ese día, banderas y carteles con consignas reivindicatorias acompañaron una marcha que fue apoyada por más de 200 mil trabajadores en diferentes ciudades de Estados Unidos como Kentucky, Cincinatti y Nueva York. La policía actuó al siguiente día apaleando a los paristas instalados frente a la poderosa fábrica McCormick, que se unió a la represión financiando grupos de rompehuelgas.

La plaza de Haymarket

Esa clásica tendencia de dejar una lección bien aprendida, ocasionó un tiroteo que dejó seis muertos y decenas de heridos. La acción no tuvo el efecto esperado, por el contrario, en lugar de disuadir a los trabajadores, convocaron a una huelga mayor para el 4 de mayo. Esta vez, el lugar sería la Plaza de Haymarket, que presentaba idóneos espacios abiertos para, en caso de una nueva represión, la gente pudiera escapar por todos lados. Al lugar asistieron más de 3 mil trabajadores, cifra considerada como un récord en ese entonces.

El mitin se vio interrumpido por alguien que detonó un petardo y el tiroteo se armó, ocasionando una desbandada. Nuevamente decenas de muertos y heridos yacieron en el lugar, incluyendo a seis guardias policiales que murieron por fuego amigo.

En esta ocasión, la policía detuvo a miles de huelguistas, entre estos a ocho líderes anarquistas: George Engel, Machel Schwab, Oscar Neebe,Louis Lings, Albert Parson, Adolf Ficher, Samuel Fielden y August Spies. Todos ellos eran miembros de la Asociacíón Internacional del Partido Trabajador y fueron sometidos a un juicio manipulado en favor de los molestos empresarios que exigían un castigo ejemplar para los detenidos.

Salvo Oscar Neebe, quien fue sentenciado a quince años de prisión, el resto recibió pena de muerte. Se dice que Fielden y Schawab prefirieron conmutarla a cadena perpetua. De los otros cinco, Parsons, Spies, Fischer y Engel, fueron ahorcados, mientras que Lingg, optó por suicidarse.

Escena de la ejecución de Parsons, Spies, Fischer y Enge.

Eso no fue el fin de la movilización, sino el inicio de una serie de manifestaciones que terminaron con la paciencia patronal y cediendo a la puesta en vigor de la histórica jornada de ocho horas laborables.

Sólo para que lo sepan: esas ocho horas han sido las más largas de la historia por lo sangriento que fue lograrlas. En la actualidad, la lucha ya no se mide por esa jornada, pues el simple hecho de trabajar se ha convertido en un lujo, sobre todo para quienes se encuentran en la madurez laboral de los cincuentas y que son ninguneados por los reclutadores como «personal viejo y no apto para el empleo».  ¿Habrá necesidad de un nuevo martirio laboral?

Foto portada: Imagen de Moises Camacho en Pixabay

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