La Iglesia católica, un asunto de fé

159

LA IGLESIA CATOLICA UN ASUNTO DE FE

Y como dice el dicho, todos los caminos llevan a Roma, el Papa como jerarca supremo de la iglesia católica es el responsable de mantener viva la llama de la fe dentro de la iglesia y naturalmente en cristo; su existencia aspira a ser la “piedra firme de cristo sobre el caos reinante o la roca visible sobre la cual se construye la fe católica, claramente un asunto importante, tanto, al interior como fuera de la iglesia”.

Su imagen, comportamiento y relato han de guiar ciertamente a sacerdotes y fieles, mismos que a lo largo de la historia ha tenido diversas lecturas, comportamientos y anécdotas.

Recordemos pues que en el mundo le veneran millones de cristianos, llamándole vicario del Mesías o vicario de cristo.  Fieles para quienes el papado simboliza al representante de Dios sobre esta tierra, y la iglesia su templo de oración.

Para quienes se presentan como detractores del papado, mismos que no han reconocido su función en el pasado, ni aceptan su tarea en el presente, esta institución estaría fuertemente contaminada desde su vinculación con el poder político a partir del emperador Constantino, donde política y religión hacen su primer cruce histórico, cruce transversal y permanente hasta hoy en día, dicho sea de paso.

No es menos cierto que la sumatoria de actos de corrupción, abuso, peculado, violación y malversación de fondos han alejado a millones de fieles de las naves de las catedrales y basílicas en lo corrido del siglo XX, y también de lo que llevamos corrido del siglo XXI, generándose pues una abismante lejanía entre la iglesia y sus fieles, esto como consecuencia de una sumatoria de escándalos dignos del guion de una película y saga de las mismas.

Así pues, la llamada crisis de la Iglesia Católica no solo se ha visto desatada por la visibilización de los abusos que se han cometido por décadas contra niños, niñas, adolescentes y adultos, sino que también por la cultura del secretismo y la conspiración casi desde sus orígenes.

Muchos fieles en el mundo han tomado distancia del papa y de la iglesia católica, más aún, algunos indican que está institución no representa un signo religioso, sino a un gerente soberano de una empresa multinacional cuyo comportamiento obedece a un modelo de gestión con una clara misión, visión y estructura, donde ganancias y poder es su facturación real.

Cabe constatar que al principio de la Iglesia no hubo Papa, aunque Pedro realizó funciones muy importantes entre los seguidores de Jesús. Según relatan algunos investigadores, solo en el siglo III d.c. empezó a surgir en Roma un obispo especial, al que se llamó sucesor de Pedro, un personaje con grandes poderes sacerdotales, jerárquicos y políticos que luego se institucionaría en el seno de la iglesia y sus seguidores.

Es claro que, a partir de entonces, con luces y sombras, la aportación de los papas ha sido esencial en la construcción de la historia de Occidente. Es interesante entonces el pretender entender cómo un hombre y la institución que lo acoge se han elevado hasta las alturas políticas y religiosas más influyentes y grandes del mundo, cuyo impacto global hoy por hoy es incuestionable.

No es tarea fácil, por mucho que se haya escrito a ambos lados del charco durante siglos, el pretender conocer toda la verdad, pero lo cierto es que la Iglesia Católica ha aportado luces y sombras al devenir de la historia, así pues, el carácter histórico de la teología y su materialización le viene por el hecho de ser obra de seres humanos y al respecto siempre hay fuentes de cotejar y lugares donde mirar.

El Vaticano, es obviamente un minúsculo Estado enclavado en la capital de Italia, territorio que simboliza para muchos historiadores un regalo de Mussolini al Papa a cambio de los votos de los católicos al fascismo, hecho acontecido en un convulsionado escenario político de comienzos del siglo XX en una Europa post y pre beligerante.

Para muchos el Vaticano es también un contrasentido respecto de los simbolismos de aquel Jesús bíblico, el mismo que «no tenía donde reclinar la cabeza», que rechazó ser coronado rey y que murió en la ignominia de la cruz, descalzo y pobre.

Cada año, son millones de personas quienes visitan un espectacular circuito arquitectónico, cuidadosamente levantado compuesto por maravillosas agrupaciones de edificios interconectados y encantadoras casas coloreadas de beige arena y demás matices terrosos, calles adornadas con cientos de esculturas de carácter renacentista, bellos jardines, y simbolismos varios en sus construcciones; ciertamente un lugar que para muchos detractores tiene mucho de majestuoso y poco de penitente.

Es evidente que lo largo de la historia la Santa Sede se ha convertido en un centro incuestionable de poder político y luego de poder religioso, un lugar pequeño pero repleto de pecados, conspiraciones y poder, conduce almas y ganaras batallas, decían los escribanos romanos antes del cristianismo.

Somos pues testigos de la vinculación de la teología con la historia, dada por el hecho de que la Santa Sede es una obra humana, es decir, que es hecha por seres humanos inspirados en la grandeza y la creencia de un Dios omnipresente.

Un signo evidente de ruptura y de alerta al interior de la iglesia es indudablemente la actual emergencia de dos papas con posterioridad a Juan Pablo II. Hecho que para muchos vaticanistas es un claro signo también de debilitamiento y pugnas internas muy complejas; y objetivamente muy agravadas luego de la renuncia al papado de Benedicto XVI.

Asunto que obligó a la elección urgente de un sucesor y que naturalmente dio para diversas lecturas e interpretaciones, la elección de Francisco entonces tiene raíces profundas en un fuerte descontento institucional de una parte noble del clero o mejor dicho de una parte políticamente correcta,  pues en ella se vería reflejada el “malestar” de parte de una curia sobre las reales dimensiones de las acusaciones de abuso y corrupción, asuntos ocurridos en el marco del mandato de los últimos dos papados, es decir,  anteriores a la llegada de Francisco I.

Juan Pablo II fue ciertamente el primer Papa convertido en celebridad mundial de la mano del auge de las comunicaciones, la influencia de la televisión y los avances tecnológicos dieron a su cara y pontificado la calidad de un “rock star”, su papado, de tres décadas, es el segundo más longevo en la historia de la Iglesia y será aquel que marcará una época de libertades, no necesariamente religiosas, pero si muchas aperturas políticas.  Un declarado actor anticomunista y pro conservadurismo especialmente respecto de la iglesia en Europa del Este, donde el despertar de la fe católica tendría un importante resurgimiento luego de años de comunismo, particularmente en su natal Polonia.

Luego del papa polaco, tanto Benedicto XVI y Francisco I serán los responsables del modo en que la iglesia ha implementado las lecturas del Concilio Vaticano II dando lugar a un evidente choque de interpretaciones entre conservadores y progresistas.

Bajo estas nubes serán puestas en juego las energías de los unos y los otros respecto del control de la iglesia, oportunidad en la que aflorarán las interpretaciones simbólicas y formales de los designios de esta, mismos, qué sumados a una coyuntura histórica en la que asomaron escándalos sin precedentes, además de descarnizadas luchas de poder interna que trascenderán fuera de los muros vaticanos y las iglesias. Progresistas y conservadores hoy disputan un espacio de práctica religiosa y política, en tanto ese minúsculo Estado Vaticano sigue teniendo a pesar de la crisis un rol importante en la globalización y en la agenda de aquello que muchos analistas denominan un nuevo orden.

ANTONIO YELPI AGUILAR

CONSULTOR POLITICO, DOCENTE, ESCRITOR

PRESIDENTE DE LA FUNDACION GLOBAL AFRICA LATINA

DEJA UNA RESPUESTA