Afganistán, un problema serio

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Afganistán era un problema serio antes de la intervención estadounidense, lo fue durante los años de tutela y claramente lo es hoy producto de la presurosa salida de fuerzas militares aliadas, y en especial tras el retiro de Estados Unidos. La salida desde Kabul de los funcionarios occidentales y militares es a todas luces un error de política exterior, y pasto tierno para la instauración de un nuevo régimen de terror, un asunto internacional que amenaza con crear nuevas incertidumbres y serios problemas en la región, viéndose afectadas fronteras circundantes e intereses de China, Rusia y otros actores.

Quedo claro que nunca existió una estrategia para priorizar los objetivos de la intervención norteamericana, nunca hubo al parecer un plan de largo plazo, el institucionalizar la democracia no resulto, tampoco crear un estado sólido y menos asentar una moderna gobernanza. Al parecer Estados Unidos fue víctima de un clásico error estratégico, “el asumir que todos los objetivos tienen el mismo valor y prioridad”, quedo claro que perseguir al talibán o consolidar un régimen tutelado objetivamente no dio resultado, en tanto,  los talibanes en las provincias fronterizas se apertrecharon, entrenaron y  ganaron tiempo, experiencias, y aprovechando el paulatino abandono aliado y luego de la salida ordenada por Biden tomaron por asalto al país. Era imposible no recordar y comparar esas desesperadas imágenes con Saigón pues estas se transformaron es sinónimos y las circunstancias se fueron agravando, miles de afganos desesperados intentando entrar en un avión, madres pasando por la barda a sus hijos a marines americanos implorando estos fueron llevados a salvo del islamismo radical.

 

Claramente un objetivo coherente fue el eliminar a Al Qaeda y conseguir a Osama bin Laden vivo o muerto, y naturalmente, para hacerlo debían invadir y también sacar del poder a los talibanes que habían protegido y encubierto a Osama bin Laden y a los milicianos de Al Qaeda, de quienes obtenían prestaciones y recursos importantes, y bueno estos objetivos estratégicos fueron alcanzados medianamente, pues mientras Al Qaeda era desmantelada los talibanes se reorganizaban.

Otro error fue el imponer una tutela de democracia al estilo occidental, allí donde esta no era culturalmente importante y, peor aún, imponerla  artificialmente a un país que no estaba institucionalmente preparado y menos predispuesto a ella, asunto que genero lo que hemos visto durante 20 años de intervención, gobiernos títeres sin empatía popular, millones de dólares perdidos en la burocracia afgana y actos de corrupción, más encima, un vecino como Pakistán, que no era enemigo pero si actuaba como él, coctel  que sumado a los problemas de corrupción del ejército afgano, y un deficiente sentido de lealtad, a pesar de multimillonaria capacitación de valores nacionales hecha por la CIA y el propio ejército norteamericano a sus alumnos.

Esta fórmula claramente se volvió en un cierto problema explosivo y a pesar de la intervención estadounidense, el país, era un saco roto de recursos. Rápidamente muchos analistas denunciaban al comienzo de la intervención que esta sería una guerra perdida, tal como ocurrió.

La fórmula empleada fue equivocada, y revela un aspecto esencial de la realidad, nadie agradece lo que no quiere recibir, la democracia no puede florecer en un entorno de radicalmente ajeno a ella, y en menos en un territorio donde su semilla nunca florecerá sin mantenerla regada y tutelada permanentemente, el fracaso de Estados Unidos fue contundente, también lo es para sus aliados, pues para muchos especialistas internacionales lo ocurrido es algo más complejo que una simple humillación, ¿qué fallo entonces?

La contrainsurgencia, la inteligencia en tiempo real y el conocimiento del territorio y su cultura.  La salida de Estados Unidos que termina veinte años después del 11-S, es un claro error político, pero también una consecuencia que las cosas se hicieron mal, se bombardearon bodas, se confundieron reuniones familiares con grupos terroristas talibanes, se perdió la identificación positiva de objetivos, se generó desconfianza con los afganos y las bajas civiles, claramente también pasaron la cuenta. En tanto, Pakistán ayudaba a los talibanes y les daba refugio y ello era evidente, pero no se prestó atención estratégica a aquello.

Un ejército nacional afgano que nunca respondió las expectativas de Estados Unidos, y tampoco los liderazgos estuvieron a la altura, evidentemente, Afganistán marca históricamente un ciclo político definido por la mal llamada guerra global contra el terrorismo GWOT (del inglés Global War on Terrorism) pues recordemos qué los comienzos del conflicto de Afganistán fueron marcados por el liderazgo militar de las fuerzas estadounidenses, prescindiendo de sus aliados de la OTAN, y articulando una coalición para una operación militar paradojalmente llamada Libertad.

Cayó Kabul junto a todo el país, en muy pocos días estos generaron una fulminante ofensiva que desmoronó al ejército afgano, mismo que contaba con armamento de última generación, y que al parecer fueron una pésima inversión, fuerzas que, a lo largo de más de 20 años, Estados Unidos y sus aliados habían supuestamente formado para defender a su propio país, en suma, derroche de recursos y equipamiento que hoy están manos del talibán.

Como dato no menor, se calcula que las fuerzas del hoy desaparecido gobierno afgano alcanzaban a más de 300 mil hombres y bien equipados, pero solo eran humo sobre el espejo, un ejército que era más que suficientes para mantener a raya a poco más de 70 mil milicianos yihadistas, hoy grandes ganadores.

Objetivamente, lo peor de los errores es no aprender de ellos, y Estados Unidos los cometido en el enfoque y la tutela militar y política sobre Afganistán, hoy las comunicaciones están interrumpidas y se dificulta saber que ocurre con certeza al interior del país, pues el talibán controla y censura, la BBC dice en tanto, tener pruebas de ejecuciones por parte de los talibanes a pesar de sus promesas de moderación, las niñas fueron marginadas de las escuelas y las mujeres volvieron a ser rehenes del islamismo radical, y Joe Biden se lava las manos cual poncio pilatos, pero no olvidemos que su país es también responsable de esta realidad.

Por: Antonio Yelpi Aguilar
Presidente Fundación Global África Latina
Consultor, Docente, Escritor

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